Paso a contar una historia que hoy recuperé en mis tontunas nocturnas de insomnio. La cosa aunque pueda parecer anecdótica fue cierta en su día. Estando en una librería esotérica que por aquel entonces frecuentaba en la Plaza Luna, quienes vivan en Madrid sabrán situarse, y con un libro que llamó mi atención en las manos sobre los templarios, fue una racha en la que me dio por ahí, alguien se me acercó por detrás del hombro y me dijo: "¿te gusta el tema de los templarios? porque si es así yo puedo ponerte en contacto con uno". Era el librero el que hablaba.
No pude por más que darme la vuelta para ver la cara de quién me dirigía esas palabras mágicas. Unos grandes ojos grises me miraban acompañados por una sonrisa de oreja a oreja. Y bueno después de un buen rato de charla sobre el tema, y discusión casi, la curiosidad comenzó a matar al gato, gata mejor dicho. Quién no estaría encantado de recuperar la presencia en carne y hueso de alguien de la época de las cruzadas, defensor de los santos lugares, vestido al uso, imagino montando un precioso caballo y con el que poder aclarar tantos misterios existentes.
Me imaginaba, como se presentaría el personaje, y con que clase de cara sería capaz de decirme: “tenía ganas de conocer a alguien como tú para poder decir tantas y tantas cosas que nadie cree sobre nosotros”. Así pasó una semana a la espera de la cita con unos nervios e imaginación desbordada. Con cierto miedo por si era real la aparición ante mis ojos y nadie más podia verlo, quise llevar a un testigo que siguiera el encuentro relativamente de cerca.
Me acompañó un amigo por aquel entonces, y entre mofas se aparcó en la acera de enfrente. Para empezar el lugar donde se produjo el encuentro era cuanto menos de total desencanto, en una calle trasera a la calle Goya. ¿No podía haber elegido un lugar menos transitado? La cosa siguió que no sólo apareció un señor sino que fueron dos los templarios a presentarse. Claro está los trajes de época no los traían ni los caballos tampoco.
Entramos en una cafetería cercana y como si tal cosa comenzaron a preguntar muchas cosas sobre mi vida personal: si trabajaba, en qué trabajaba, si estaba casada, si tenía hijos...Antes de responder a las suyas yo también saqué mi batería de preguntas las cuales dejaron sin contestar muy diplomáticamente diciéndome: "bueno la gente con la que contactamos tiene que cumplir unos requisitos como tener una vida estable, familia con hijos, con trabajo y solvencia económica…no podemos explicarte nada aquí y ahora, si de verdad estás interesada te proponemos que vengas con tu pareja a pasar un fin de semana en una casa que tenemos cerca de Madrid, a las afueras, allí aclararemos todas tus dudas si cumples los requisitos y podrás adentrarte más en el conocimiento de los templarios".
Me dejaron una tarjeta, ¿que amables verdad?, para si era de mi interés les llamara.
A fecha de hoy sigo pensando lo bien que han evolucionado a lo largo de todos estos siglos y quién habrá tenido el privilegio de compartir sus fines de semana.
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