Leí hace poco una noticia sobre un joven director de cine, 32 años, ganador de un premio Goya a la mejor película extranjera 2005, profesionalmente bien situado, con pareja y sin problemas afectivos aparentemente, que había decidido acabar con su vida. Tiene que ser desconcertante muy desconcertante para los que te rodean descubrir de la noche a la mañana que ya no estarás y que nunca podrán saber los motivos que te empujaron a ello.
Siempre me ha impresionado esa decisión. El año pasado un chico universitario se lanzó de un sexto piso. Mi hermano y sobrino de 12 años tuvieron que llevarse el mal trago de encontralo, vivía en su edificio.
También recuerdo que recién trasladada a este nuevo centro de trabajo, una mañana al coger el ascensor me encontré a los de atestados sacando a alguien en una camilla que llevaban posicionada en vertical. Me quedé impresionada cuando supe que era el camarero de la cafetería que frecuento. Había llegado esa mañana como era costumbre con su esposa que trabajaba en el mismo lugar y sin decir nada bajó al segundo garaje y se ahorcó.
O la mujer esposa y madre de una niña de un año que durante cuatro veces intentó ahogarse con el gas. Curiosamente sus intentos siempre estaban cercanos a la llegada de regreso del marido del trabajo. En las ocasiones previas había llegado a tiempo de evitarlo salvo en esta última. ¿Un intento de llamar la atención? ¿Un intento de que alguien te salve en el último momento?
Es difícil entender que puede llevar a alguien a quitarse del medio. Dicen es un acto de cobardía para no afrontar los problemas aunque yo no sabría muy bien si están en lo cierto, en lo de la cobardía. Hay que tener muchos bemoles para planearlo, pensar si será definitivo o no y saber que la vida se acaba.
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