miércoles, octubre 18, 2006

Viena II

Parques muy cuidados que invitan al recreo y descanso entre tanto verdor y tranquilidad, acogen a mamás con niños rubisimos, pintores quien sabe si reconocidos alguna vez por sus trazos y bocetos, e intrusos como nosotros dejándose ver con ojos de curiosidad recogiendo instantáneas.
La música forma parte de Viena por lo que es normal ver gente leyendo partituras y con instrumentos musicales enfundados camino de algún centro. Hay estatuas representativas de los grandes músicos por todos los rincones. No conseguimos entradas ni siquiera de última hora para El teatro de la Opera. Hay vendedores vestidos a lo Mozart, ofreciendo entradas por doquier para eventos futuros. Ha coincidido ser el 250º aniversario de Mozart por lo que hay un amplio repertorio de eventos que hay que reservar con tiempo.
Nos hemos tenido que conformar con escuchar música en algún café-concierto de los muchos existentes en la ciudad. Los Konditorei o cafeterías son lugares de reposo, de encuentro social, literario, de negocios de gran comodidad y calidez. Nos dejamos caer en sillones de orejas acompañados por algún café preparado de infinitas formas y como es tradición por sus deliciosos dulces. Como curiosidad decir que no vi personas gruesas por ningún sitio pese a la cantidad de pastelería de la que suelen dar cuenta. Al igual que ellos no pudimos pasar sin probar la famosa tarta sacher o el apelstrudel a cual más delicioso. He venido con un libro de recetas de repostería vienesa en el bolsillo como suele ocurrirme cuando voy a algún sitio, siempre caigo en la tentación. Como también son tentadores los chocolates y bombones.

También paseamos por uno de sus mercados al aire libre, el Flohmarkt, atraída por los colores, olores, y especies. Venden muchísima fruta en algunos casos desconocida para mi, muchas cestillas de bayas y frutos rojos frescos, frutos secos y encurtidos nunca vistos rellenos de una especie de quesos blancos frescos aderezados, influenciados por griegos y turcos quizás, quesos y embutidos distintos. La cocina es una mezcla de influencia húngara y eslava. Aunque también es habitual encontrar los típicos quioscos en la calle que venden las salchichas (las hay de muchísimos tipos con nombres variados e impronunciables para mí). También suele haber bastantes lugares para comer pescado de los países nórdicos (salmón sobre todo).

No pudimos dejar de visitar los Heurigen vieneses, especie de tabernas a las afueras de la ciudad donde se degustan vinos jóvenes elaborados por ellos. Tomamos un tranvía desde el centro de la ciudad hasta Grinzing, un pueblecito encantador que se anima a la caida de la tarde, con casitas típicas donde probamos unas salchichas de cordero con patatas, calabaza y champiñones aderezados con mil hierbas asadas al horno, buenísimas, sin olvidar por supuesto un delicioso postre casero que nos ofreció una amable señora.

También fue curioso ver que el buen tiempo que nos acompañó durante estos días, dejaba ver gente de distintas edades caminando con bastones de esquí (con la punta cubierta) haciendo marcha en parques y caminos a modo de guía o bastón de apoyo…esperando que el tiempo de nieve pronto se acerque.

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