lunes, noviembre 13, 2006

El Ascensor

Esta historia comenzó años atrás cuando aún siendo niña, todo lo que se revelaba como insoportable lo hacía desaparecer suspendido de aquel contrapeso que veía subir y bajar acompañando al ascensor de su casa. Cuantas historias imaginarias o reales pasaban por su cabeza esperando la llegada de ese antiguo ascensor.

Más de una vez aquella repelente vecina pelirroja, cursi como un repollo con lazos, que hablaba a grito pelado y comía pastillas de avecrem, Mari Loli, viajó rumbo al infinito. O aquel vecino tres años mayor que ella, que en más de una ocasión la acechó para meterla mano, Rodolfo, subió y bajo colgado del cuello por haber intentado romper su confianza y su inocencia.

Recordaba como una tarde de invierno volviendo del instituto, la luz se había ido en toda la calle, era imposible reconocer a persona alguna que se cruzara en su camino a menos de un metro, y pese a su miedo incipiente decidió subir por la escalera, ya que el puñetero ascensor no funcionaba. Vivía en un sexto, asi que comenzó la subida y en el segundo rellano escucho como alguien hacía lo mismo. Decidió acelerar el paso puesto que no sabía si era alguien conocido, quizás se tratara de otro vecino, pero los pasos tras ella también aceleraron. Entonces comenzó una carrera alocada, no sabía si subía los escalones de tres en tres acompañada únicamente por la luz de la luna que se dejaba ver a través de las ventanas de la escalera, y por el ciclón que la seguía al mismo ritmo dos pisos más abajo. Todo eran sombras, sin poder atinar en la cerradura trataba una y otra vez de abrir la puerta de su casa. Cuando entró y cerró la puerta tras de sí, el corazón se le salía por la boca. Pego la oreja a la puerta para comprobar el sonido de los pasos pero éstos de repente comenzaron a oírse lejanos. Miró a través de la mirilla esperando ver claramente la silueta, del que hubiera deseado fuese un vecino, pero no ocurrió.

Ese contrapeso fue liberándola de todas esas cosas que la disgustaban.

Como una vez entrando al ascensor, un niñato del barrio al que había visto dando vueltas en una- pedazo recién comprada-moto, surgió de no se sabe donde, se abalanzó sujetando las puertas para que ella no las cerrara, se sacó los trastos haciendo acto de una exhibición que más que perturbarla a ella, sacó a la luz todas las tonalidades del rojo en una misma cara repugnante y estupida. Por supuesto ese también acabó colgando, subiendo y bajando como compañero ideal del ascensor.

O Ese vecino loco, Emilio, que por olvidar la medicación, una vez al año montaba unos circos impresionantes en el edificio: un año levantó toda la solera del descansillo de su escalera, otro hizo fuego en medio del salón, otro tiró no sé cuantos muebles hechos astillas por la ventana, otra vez adornó con lianas de papel higiénico usado los árboles cercanos, otra vez en pleno mes de agosto con un gorro de esos que parecen de aviador con orejeras y borreguillo por dentro se estuvo paseando con las puertas de su casa debajo del brazo por la zona…

Y en especial ese día que auque en casa siempre la habían aconsejado -si estás esperando el ascensor y llega Emilio, no subas con él-. La mirada, era algo que siempre lo delataba, unos ojos desorbitados y una mirada totalmente ida anunciaban que estaba a punto de estallar. Ella ese día lo vio bien y subió con él por no hacer evidente lo que en el fondo él notaba, que los vecinos lo evitaban. La conversación fue esta: “-Hola Emilio, qué hay? -soy el vecino del cuarto, el que no tiene un cuarto, ja,ja,ja”. Le pareció una triste persona.

Ese ascesor!!! Cuantos años testigo de su infancia y adolescencia!

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